Sahumerios sazones

alma ancestral de la cocina mexicana

El fuego abrace los ingredientes y los aromas comiencen a danzar en el aire

El humo blanco asciende suavemente, envolviendo la cocina

Antes de que el fuego abrace los ingredientes y los aromas comiencen a danzar en el aire, en María Curandera se realiza un pequeño pero poderoso ritual: se enciende un sahumerio con copal. El humo blanco asciende suavemente, envolviendo la cocina en una atmósfera de calma y gratitud. Esta acción, que podría parecer simbólica o espiritual, tiene raíces profundas en las culturas originarias de México, donde el alimento ha sido, desde siempre, una ofrenda a la vida.

Para las civilizaciones prehispánicas, el acto de cocinar no era una tarea ordinaria, sino una forma de conexión con los dioses, con la naturaleza y con el equilibrio del universo. El maíz, el cacao, el chile y las flores comestibles no eran simples ingredientes: eran elementos sagrados, dotados de espíritu. Antes de utilizarlos, se pedía permiso a la tierra, se agradecía al sol y se honraba el agua que los hacía crecer.

Ese espíritu ancestral se mantiene vivo en nuestra cocina. Cada hierba aromática, cada semilla tostada y cada especia molida tiene un propósito más allá del sabor. El uso del copal, por ejemplo, purifica el ambiente y crea un espacio de intención, recordando que el alimento no solo nutre el cuerpo, sino también el alma. Las flores de cempasúchil, la canela, el cacao y el maguey continúan formando parte de rituales y recetas que atraviesan el tiempo.

 

Las manos que cocinan en María Curandera no siguen únicamente recetas escritas, sino memorias transmitidas de generación en generación. El sonido rítmico del molcajete, el calor del comal y el aroma de los chiles tatemados recrean escenas que han ocurrido por siglos en los hogares mexicanos. Cada platillo se convierte en un acto de respeto hacia quienes cocinaron antes, hacia quienes curaron con hierbas, hacia quienes encontraron en la comida una forma de amor.

Porque cada platillo es un ritual, y cada aroma, una plegaria silenciosa a la tierra